El Barolo engaña a la vista. Sirve uno de treinta años y el color — granate pálido, borde anaranjado — sugiere fragilidad; el primer sorbo desmiente todo: tanino firme, acidez vibrante, una persistencia que pocos tintos del mundo igualan. El nebbiolo, la uva que toma su nombre de la nebbia — la niebla que cubre las colinas de las Langhe en vendimia —, es probablemente la variedad más longeva de Europa junto al gran pinot noir, y la menos comprendida fuera de Italia durante décadas.
Tradición contra moda
La historia reciente del Barolo es la de una batalla estilística. En los años ochenta y noventa, una generación «modernista» acortó maceraciones e introdujo barrica nueva francesa buscando vinos más oscuros e inmediatos. Frente a ellos, las casas tradicionales — Giacomo Conterno, Bartolo Mascarello, Giuseppe Rinaldi, Bruno Giacosa — mantuvieron las maceraciones largas y la bota grande de roble esloveno. El tiempo ha fallado a favor de los clásicos: son sus botellas las que hoy alcanzan cotizaciones de gran Borgoña y las que mejor envejecen.
La cumbre del estilo tradicional es el Monfortino de Giacomo Conterno, un Barolo riserva que solo se elabora en años excepcionales y se cría durante años en bota grande: el tinto italiano de guarda por antonomasia. Junto a él, los Barolo de Mascarello — cuya etiqueta manuscrita es un icono — y los de Rinaldi forman la santísima trinidad del coleccionismo piamontés.
Las añadas que importan
El canon antiguo: 1947, 1958, 1961, 1964, 1971 y 1978 — esta última, una cosecha tardía y heroica que los tradicionalistas veneran. Entre las modernas: 1989, 1996, 2001, 2004, 2010 y 2016, probablemente la gran añada contemporánea. Como en Borgoña, el productor pesa tanto como el año: un tradicionalista en añada media suele dar más alegrías que una etiqueta comercial en año grande.
Alquitrán y rosas
El tópico — tar and roses, alquitrán y rosas — resulta ser exacto. Un Barolo maduro huele a rosa seca, regaliz, brea fina, trufa blanca y cuero; en la boca, el tanino que de joven era una muralla se vuelve seda con estructura. Se bebe como los grandes Borgoñas: con tiempo, con copa amplia y, a ser posible, con alguien a quien contarle lo que está pasando.
El Barolo enseña la lección central del vino antiguo: la potencia es ruidosa, la persistencia es elocuente.
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